Dentro del marco del Hay Festival Zacatecas, Manuel Felguérez, uno de los máximos exponentes del movimiento abstracto en México y de la plástica contemporánea del siglo XX, narró ante una nutrida audiencia su historia como creador, que marcó una ruptura con movimientos anteriores.
En el Museo que lleva el nombre del propio artista, participó en la mesa titulada “El arte abstracto y lo que significa”, en la cual relató la historia de su vida, que inició en 1928, en la Hacienda de San Agustín del Vergel, municipio de Valparaíso, Zacatecas.
Después, en un viaje que realizó a la ciudad de México, sufrió la pérdida de su padre, lo que le motivó a no regresar a su terruño.
Ahí realizó sus estudios de primaria, secundaria y preparatoria, período que le hace recordar con nostalgia el México de aquellos años; entonces estaba en auge el movimiento muralista y era una época sumamente nacionalista.
Tras varios viajes a Europa, en los que conoció diversos museos de gran prestigio, decidió que su vocación era el arte y la pintura.
Al regresar a México ingresó en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado, y después a la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Más tarde ingresó a la Academias Grande Chaumier y Colarossi, en París, Francia, gracias a una beca que le brindó el gobierno francés, lo que fue de gran importancia en su formación como pintor.
Después trabajó con el escultor francés de origen ruso Ossip Zadkine, formado en el cubismo, esa fue una de sus mayores influencias para sus trabajos posteriores.
Confronta la tradición muralista
Felguérez dijo que al regresar a México formó parte de la primera generación de artistas abstractos nacionales, abiertamente confrontados con la tradición de la Escuela Mexicana de Pintura.
Esta generación se hizo llamar “La Ruptura”, y de ella formaban parte Vicente Rojo, Fernando García Ponce y Lilia Carrillo.
La denominación, dada en la década de los 50, se debió a que sus integrantes reaccionaron contra lo que percibían como valores gastados de la Escuela Mexicana de Pintura.
Ésta aglutinaba a muralistas como David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera y José Clemente Orozco, quienes manejaban temáticas nacionalistas, de izquierda y revolucionarias, corriente hegemónica desde el estallido de la gesta revolucionaria.
La Ruptura, por su parte, incorporaba valores más cosmopolitas, abstractos y apolíticos en su trabajo, y pretendía llevar su temática y estilo más allá de los límites impuestos por el muralismo y sus ramificaciones.
Manuel Felguérez comentó que el movimiento no fue jamás organizado ni definido, sino que se daba de modo espontáneo, no deliberado, y las relaciones entre sus miembros fueron más bien informales.
A partir de ese momento se marcó el comienzo de una nueva era del pensamiento artístico con la creación de espacios nacionales para la pintura y el libre pensamiento, que permiten retratar cualquier cosa sin seguir los estándares academicistas o de sociedades, añadió.
FOTOS: CORTESÍA


















