ZacatecasOnline

domingo, 05 de febrero de 2012
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Crónica de un soliloquio

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b_0_191_16777215_0___images_Local_2010_septiembre_08mensajelm_ultimoInformeAmalia3.jpgEste ocho de septiembre Amalia Dolores García Medina acudió al congreso del estado para entregar por escrito, su sexto y último informe de la administración estatal acompañada por un puñado de funcionarios de su gabinete, entre ellos Octavio Macías Solís, Secretario General de Gobierno.


Esta vez, al igual que en su quinto informe, Amalia García no tuvo necesidad de escuchar ninguna postura crítica de las fracciones legislativas en la cámara local, gracias al cambio en el formato del informe -que ella misma promovió hace tres años-, para emular lo que a nivel federal hizo Felipe Calderón Hinojosa: entregar un documento y eludir así a los diputados incómodos y sus interpelaciones “del pasado”.

Dos horas más tarde, cubierto el trámite que la constitución exige, la mandataria del PRD se apersonó en la nave central del ex templo de San Agustín, en el centro histórico de la capital zacatecana, para dirigir un “mensaje político” que se transmitió en cadena estatal por algunas radiodifusoras.

En el sitio las 500 sillas que se colocaron fueron insuficientes para los centenares de burócratas y funcionarios con los que se atiborró el recinto. Sin embargo, a diferencia de los cinco años anteriores, esta vez no hubo una sola valla metálica en las calles que rodeara el inmueble.

Los 350 policías estatales y ministeriales que se dispusieron en los alrededores del lugar tuvieron un día de verano, no hubo una sola protesta, ningún grupo antagónico, ni tampoco un sólo personaje crítico al régimen amalista interesado en asistir al último informe.

Quizá no hubo un solo gesto crítico contra el régimen saliente, porque ya el pasado domingo 4 de julio, el pueblo de Zacatecas juzgó a esta administración y decidió simplemente sacar al PRD, después de 12 años, del Palacio de Gobierno.

Únicamente el caricaturista político local Pablo Quezada, “El Yo”, tuvo la osadía de enviar a dos personas, a regalar entre los asistentes unos 700 ejemplares de su último libro: “No me quiero ir, me echan”, en cuya portada aparece Amalia García.

Al último mensaje político de la gobernadora, no asistió una sola figura política de renombre en el ámbito nacional. No hubo tampoco, que se supiera, un representante del presidente Felipe Calderón.

Ni siquiera se le miró a la cúpula nacional del PRD, que en este momento sostiene una pugna interna que podría terminar de fracturar a este partido. Jesús Ortega Martínez y Hortensia Aragón, dos de los principales artífices de la derrota electoral del PRD en Zacatecas, brillaron hoy por su ausencia. Y si el ex candidato a la gubernatura Antonio Mejía Haro andaba aquí, pues se hizo ojo de hormiga.

Sola, al centro del frontispicio del ex templo de San Agustín, vestida con un saco color naranja, la gobernadora Amalia García se apoyó en el atril de madera dispuesto ahí, y leyó con tono nostálgico su soliloquio: un mensaje de “apenas” 34 minutos. Esta vez, extrañamente, no improvisó. Esta vez, no hubo en su discurso una alegre danza de cifras optimistas.

Pero auto elogios sí hubo. Durante su sexenio aseguró Amalia, al enfrentar los problemas de Zacatecas “derribando las barreras mentales del pesimismo, fuimos a la raíz de lo económico, de lo social, de lo cultural y de lo político” “Hoy puedo afirmar que dejo compromisos cumplidos”.

Entre otras cosas, Amalia García no perdió la oportunidad para atacar, aunque fuera por última vez, a sus opositores políticos, cuando aseveró que “fracasaron quienes me pedían abdicar de mis atribuciones constitucionales o compartirlas, so pena de inestabilidad política. Se dice que eso les provoco frustración y resentimiento, pero Zacatecas los ha rebasado y son parte del pasado”.

Incluso, casi al final de su mensaje, Amalia García se atrevió a citar a un personaje de la historia política, cuando refirió que “en ningún momento viví mi gobierno como una administración rutinaria. Como solía decir Napoleón: ‘a cada día, su trabajo’”.

Cuando terminó su monólogo y salió del lugar, Amalia pudo observar una decena de mantas plastificadas que burócratas de gobierno sostenían, con textos en letras amarillas, donde aparecían porras y adulaciones a su gobierno y persona.