Martes 20 Octubre 2020

Alianza Transpacífica, ¿qué más se nos va de las manos?

“El Acuerdo Transpacífico (ATP) trata no sólo de eliminar todas las barreras al comercio internacional, sino también las leyes que garantizan la calidad y sanidad de los alimentos, la protección a la agricultura… privilegiando la agenda corporativa”, nos dice Víctor Zendejas en artículo publicado en La Jornada (15/10/2015), con lo que se actualiza el decir de Eduardo Galeano: la gente, en la actualidad, no sólo le teme a no comer, sino a lo que come.

Y la maquinaria se ha puesto en marcha: Ana de Ita, directora del Centro de Estudios para el Cambio del Campo Mexicano (Ceccam), ha advertido que “una alianza de empresas trasnacionales pro transgénicos se manifestó el pasado 29 de septiembre a fin de urgir la expedición de permisos para las siembras comerciales de maíz y soya transgénicos. Con su conformación refrendan que los modificados son una pieza clave para el control corporativo de los alimentos. Declaran que México tiene un atraso de 20 años respecto del resto del mundo al no liberar la siembra comercial de maíz transgénico. La Alianza Pro Transgénicos está formada por transnacionales ubicadas en las distintas fases de la cadena de producción y consumo de maíz. Es impulsada por AgroBio, que integra a Monsanto, Dupont Pioneer, Dow, Sygenta y Bayer, quienes controlan, junto con Basf, el 100 por ciento de las semillas transgénicas del mundo; además, por la Asociación Mexicana de Semilleros (Amsac), que también los representa y fue una de las principales promotoras de la ley de semillas de 2007, que se propone bloquear el uso de los granos campesinos”: La Jornada 11/10/2015. Y continúa diciendo: “Lo que ofrecen estos amos del universo es contaminar todas las variedades mexicanas de maíz y todo el grano mexicano destinado a la fabricación de tortillas y otros alimentos de consumo diario, poner en peligro la salud  humana y animal, erosionar la diversidad de razas y variedades de maíz, contaminar el ambiente y aumentar el uso de plaguicidas y agrotóxicos”, como el famoso RoundUpReady, herbicida propiedad de Monsanto, que está estrechamente ligado al cáncer.

El ceder (¿a cambio de qué?) a desaparecer las especies endémicas de maíz para abrir el mercado de semillas transgénicas, propiedad de grandes transnacionales, no es un buen acuerdo: ¡Adiós soberanía alimentaria!

IvanIllich, en su ensayo La sociedad desescolarizada, nos advertía las características de las instituciones sociales de derecha. Nos decía que son aquellas que presumen hacer una cosa y hacen lo contrario, pero que a la vez impiden que otras nuevas instituciones sociales cumplan con el fin que se propusieron las primeras. Así, tenemos que en la mayoría de las ocasiones en las escuelas no se enseña o en los hospitales no se cura. Y, ¿qué significa que el Estado Mexicano firme el acuerdo Transpacífico?

Alguna vez un compañero campesino nos decía que el Estado no servía para “maldita la cosa”, ya que tenían los integrantes de su comunidad y de muchas otras más de 30 años pidiéndoles a las autoridades que los organizara para conseguir un precio justo por sus cosechas. La respuesta que recibió a su comentario fue tajante: pues organícense ustedes.

L@s compas zapatistas lo han dicho infinidad de veces, y yo no me cansaré de repetirlo: abandonar los adjetivos, trocarlos por los verbos; no queremos salud, queremos sanar, no queremos alimentación, queremos comer, no queremos educación, queremos aprender; definir qué es el buen vivir para nosotr@s y actuar en consecuencia.

Luis Hernández Navarro, en su columna del 20 de octubre, en el Diario La Jornada, nos hace una breve reseña del último libro de Luis Villoro, La alternativa. Asegura el periodista que “El filósofo reconoció en los rebeldes del sureste mexicano, sin regateo alguno, un conjunto de cualidades fundamentales para cambiar al planeta”.

La consigna zapatista es “crear un mundo en donde quepan muchos mundos”. El mismo Villoro, en El poder y el valor, al igual que Malatesta en La anarquía, reconocieron que el mundo sería el de muchos mundos cuando nos atreviésemos a crear contrahegemonías o contrapoderes. El contrapoder se diferencia del poder en que éste último impone, mientras que el primero propone; las federaciones de Proudhon y los anarquistas. Sociedades pequeñas, asociaciones si se quiere, que no impongan maneras de vida sino que propongan distintas, con derecho a defenderse violentamente si son violentadas.

Lamentablemente, todo aquello que nos pueden enseñar los pueblos originarios es violentado por el Estado, ente que, se quiera o no, es colonizador. Como diría Aída Hernández Castillo (La Jornada 14/10/2015): “En nombre del progreso y del desarrollo (¿les suena familiar?) se está alentando justificando nuevamente el despojo y la violencia contra los pueblos originarios… las fuerzas policiacas estatales en muchos países (incluido el nuestro, el de Bolivia, con su presidente indígena y el del Ecuador socialista) se han convertido en los guardianes de los intereses de las empresas transnacionales y se están utilizando las legislaciones penales para criminalizar los movimientos de resistencia”.

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*Estudiante de Derecho y miembro de #YoSoy132
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