Martes 20 Octubre 2020

Vívidos mitos del presente

“La mayor parte de la ciudad se había derrumbado hacía tiempo y sólo los edificios de estructura de acero en la zona comercial y financiera habían sobrevivido a la presión de las aguas. Las casas de ladrillo y las fábricas de las afueras habían desaparecido completamente, sepultadas bajo mareas de cieno… Las unidades militares de Naciones Unidas se movían por los sistemas de lagunas que habían inundado las viejas ciudades. El cieno estaba entrando ya, sin embargo, en estas lagunas”.

“En El mundo sumergido, de J. G. Ballard (1962), el doctor Kerans observa desde la ventana del abandonado hotel Ritz una vista de Londres, transformado por el cambio climático –nos cuenta John Gray, en El silencio de los animales (2013)-. Para el protagonista de El mundo sumergido, la vuelta del planeta a las condiciones inhóspitas de una era geológica anterior no es una catástrofe…” tuvo la oportunidad de desechar su personalidad, como comenta Gray, en una respuesta creativa a un hecho que le cambió la vida. Entonces “desarrolló una mitología personal como respuesta a un trauma en el que descubrió que los rasgos aparentemente más duraderos de la vida humana podían desaparecer en cuestión de un momento”. Fue consciente de “que la realidad misma era un escenario que se podía desmontar en cualquier momento, y de que independientemente de lo esplendoroso que algo pudiera parecer, podía verse barrido entre los escombros del pasado”.

Basta voltear a ver al mundo, asomarnos a él como si pretendiéramos mirar al horizonte: leer los diarios, escuchar la radio, sumergirse a las redes sociales. Y también basta, literalmente con mirar al horizonte, para darnos cuenta de que algo ha cambiado: los amaneceres calurosos o inesperadamente fríos, la lluvia a media tarde o las cuatro estaciones en un solo día.

Ayer lunes, Iván Restrepo en artículo publicado en la Jornada Nacional, nos informa que, para variar, “Las mineras siguen imponiendo su ley. Para los gobiernos… primero son las inversiones trasnacionales unidas a sus socios locales y después la salud pública y el ambiente. Ello explica –continúa- el visto bueno que el gobierno federal otorgó al empresario José Cerrillo Chowell, para que construya un tiradero de desechos tóxicos en una región donde existen, por lo menos, 44 especies de plantas y animales protegidos por las normas oficiales. Se trata de un bosque del semidesierto localizado entre los estados de Zacatecas y San Luis Potosí”. En la radio me entero, por conducto de Paco Elizondo, que el día 6 de diciembre se derramaron 450 toneladas de desechos tóxicos en la presa los Jales, en Fresnillo, por parte de la minera el Saucito. En redes sociales leo atentamente que científicos hacen un llamado para discutir y planear, de manera seria, las acciones que se han de llevar a cabo en Tabasco, México, debido a que es muy probable que en 50 años quede sumergido bajo las cada vez más cálidas aguas de la mar. Y qué decir de los altos niveles de arsénico y plomo en el medio ambiente de nuestra entidad, con las consecuencias en la salud y en el medio ambiente que esto provoca.

Y, ¿qué es lo que nos ata a ser violentos y destructivos con el medio ambiente, con nuestro hogar, con nuestros hermanos y hermanas de otros lugares y de otras especies?: ciertos mitos. Y no está de más decir, digo: es necesario volver a decir que los mitos que nos atan al pasado y que nos hacen tanto daño en el presente tienen que abandonarse. El mito del desarrollo, el mito de la escolaridad, el mito del libre mercado y el del consumo sinónimo de calidad de vida. Mitos que pueden abandonarse a escala personal con apoyo mutuo, creando economías solidarias, intercambiando conocimientos y facilitando el uso de herramientas por todos los medios posibles; sin necesidad de dominio sobre otras personas, territorios y especies, esa es la nueva ética que much@s no quieren vivir; esa tendrá que ser la finalidad de todo acto político.

“Los mitos no son arquetipos eternos petrificados en algún lugar fuera del tiempo –nos dice Gray-. Son melodías momentáneas que suenan en la mente. Parecen venir de ninguna parte, se quedan con nosotros durante un rato y después se van”.  Es hora de deshacernos de los mitos que nos degradan.

No somos los colonizadores, somos los colonizados, no hay que pretender, desear, ser como ell@s. El proceso más difícil, cuando uno ha aprendido a aceptar la violencia, es aceptarse como víctima de esa violencia. El primer reto es aceptar que aún somos explotados, que somos esclavos modernos de un moderno sistema de dominaciones demasiado complejo como para entenderlo del todo: el crédito, las redes sociales, los teléfonos inteligentes son algunos de los nuevos panópticos que tanto criticó Foucault. El segundo reto es no estancarnos en el miedo; ser distintos, renunciar a ser como ellos: dejemos de ser brutos y arrogantes entre nosotr@s y con los demás seres.

¿Cómo queremos y vamos a vivir? Eso hay que decidirlo nosotr@s en el diálogo y en la práctica de una sociedad distinta. Es hermoso voltear e ver a los movimientos antisistémicos, con su teoría y su praxis revolucionaria, y saber que no todo está perdido.

 

*Estudiante de Derecho y miembro de #YoSoy132
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